Japón: Fukuoka a Hiroshima

No quiero nunca normalizar esto. Entrar a países de los cuales escuchábamos cosas increíbles cuando niños, y en nuestras mentes abiertas a la fantasía rellenábamos todos los espacios desconocidos con alegorías y exageraciones, nunca debiese ser trivializado. Sin embargo, Japón es el país número quince al que entramos desde que dejamos Chile a comienzos del 2015, y la emoción de cruzar fronteras se esconde detrás de la preocupación.
Que no me lleven a policía por mi pasaporte feo, que no nos requisen comida, que como bajo las bicis del barco, etc. Al final, recién caes en cuenta de que estás dentro del nuevo país cuando sales pedaleando por un estacionamiento lleno de movimiento de camiones, donde además casi te matas por salir en contra del tránsito. En Japón se maneja por la izquierda, así que nuevamente nos tocó cambiar de lado los espejos retrovisores.
No había nubes voladoras, luchadores de sumo en pañales ni equipos de reality shows humillando gente por la calle, pero aun así entrar a la ciudad de Fukuoka nos puso feliz. La verdad bajarnos de ese barco en medio de Alepo, Siria también nos habría puesto feliz.
Algo no me calzaba con lo largo del cruce en Ferry. De Busan a Fukuoka hay poco más de la mitad de los kilómetros que de Busan a Jeju, pero el viaje dura lo mismo. Cuando nos embarcamos veíamos a la gente cargando cajas enormes de cerveza y Soju y no entendíamos si era un transporte internacional o un concierto a donde íbamos. Además, mucha fama de civilizados y formales tendrán los japoneses, pero subiendo al barco con tal de agarrar una buena mesa para comer se comportaron como hinchada de fútbol en la fila para conseguir entradas para la final. Con Cami quedamos espantados, pero afortunadamente el ferry se divide en habitaciones con capacidad para unas 10 personas, y con nosotros viajaba una pareja joven y una familia taiwanesa. El resto del viaje era una manga de borrachos come-pollo frito que se paseaba gritando.
El barco, nobleza obliga, es una maravilla. Tiene su propio Onsen, o sauna estilo japonés con duchas y luego una tina de agua caliente. Tiene un comedor para sentarlos a todos creo, su sala de videojuegos, de Karaoke, una convenience store…todo para ir cómodo. El problema es que la joda en el barco es parte integral de la experiencia del viaje. EL PUTO BARCO NO SE MOVIÓ DEL PUERTO EN TRES HORAS. Te hacen subir a las 7 para que te vayas a emborrachar y pagarles la comida. Nos comenzamos a mover a las 10, me imagino que para llegar con el amanecer y no antes a Fukuoka. Igual no me puedo quejar, dormimos cómodos y nada mejor que un sauna lleno de asiáticos para reafirmar ciertos, ejem, complejos físicos.
En Fukuoka si que nos tocó correr. Primero lo típico de conseguir efectivo y una simcard para nuestro mes en Japón. Nos pegamos un tour por las convenience stores locales probando pastelitos y cosas. Los 7-eleven y Family marts de Taiwán volvieron en gloria y majestad, con la única diferencia para peor de que acá no tienen mesitas donde quedarnos pegados por horas chupando wifi desde los teléfonos. Quizás es un cambio para mejor. Lo más llamativo es la cantidad de platos preparados que se venden, tanto en estas tiendas como en los supermercados. Vas a cualquiera y te llevas una bandejita de sushi o unas pastas con salsas y algo frito al lado por unos 4 dólares. Además, en su calidad de potencia económica, en Japón encuentras de toda clase de productos en el super mercado, nuestra felicidad de encontrar fruta barata, paltas, legumbres y otros a precio razonable no se puede explicar si no has estado privado de éstos por meses.
Nuestra verdadera misión en Fukuoka en todo caso era conseguir un arreglo para nuestra carpa, que desde hace un mes venía filtrando agua por el piso cada vez que llueve. Fuimos a un gran total de 4 tiendas outdoors buscando un producto que vimos en internet, pero sólo encontramos otros que se repetían en cada tienda y que no nos daban mucha confianza.
Entonces la vimos.
Una de las tiendas tenía una carpa en display para tres personas, que por estar abierta y con unos ganchitos un poco rotos, estaba con un descuento significativo. En primera instancia la dejamos pasar y nos fuimos a almorzar. Después volví a la tienda decidido a comprar uno de los sellantes para la nuestra, y recién a la tercera, en que volvimos los dos juntos nos pusimos serios, tomamos la decisión de comprarla, negociamos un mejor precio, y nos la llevamos.

Día del estreno.

Ganamos un 50% de espacio dentro de la carpa, más una puerta y dos vestíbulos extra en relación con la nuestra. Sacrificamos sólo llevar un kilo extra y sin mayores problemas de volumen. Aún con todos los descuentos la carpa seguía estando más cara que en Amazon, pero los precios de Amazon son como Disneyworld, una fantasía que sólo se encuentra en USA. Llevábamos más de un mes babeando con una carpa americana (kelty TN 3), pero por comprarla en Japón o mandarla desde USA el precio se duplica. Al final estamos felices con nuestra Mountain hard wear Skyledge 3, por unos 250 dólares …. Más lo que nos costó el envío desde Japón de nuestra preciosa carpa chiquitita a nuestra futura casa. No creyeron que íbamos a ser tan sin corazón como para dejarla botada en tierras desconocidas, ¿no?
Fukuoka fue muy lindo, pero se avecinaba la noche y teníamos que salir de la ciudad para encontrar un lugar donde acampar. Hacia el norte vimos en el mapa un parque al lado de la playa y apuntamos hacia allá. Paramos en una tienda de bicis a inflar una rueda y un canadiense nos sugirió otro lugar así que corregimos rumbo. La primera experiencia pedaleando en Japón fue lamentablemente una buena síntesis de cómo es el país en ese sentido. Calles sin bermas, pero con veredas amplias. Los ciclistas van por la vereda y ésta está llena de resalto en cada entrada de casa o esquina. Te puedes ir por la calle por pedazos, pero hay otros tramos en que hasta para mí resulta peligroso continuar así.
Llegamos a la playa en Shingu, y resultó ser el lugar perfecto para acampar. Dentro de la ciudad, pero un pequeño bosque la aísla del ruido, y por la noche quedó desierta sólo para nosotros. El estreno de la carpa no puedo ser mejor. Una noche tranquila y sin sobresaltos sobre la arena y yo con las piernas completamente estiradas como hace rato no me sentía en una carpa. Además con mayor tranquilidad, porque al poder entrar todas las alforjas al vestíbulo no hay que estar pendiente de cada ruido cercano que sintiéramos.
Por la mañana siguiente nos metimos al mar a probar el agua, con la confianza en que encontraríamos una ducha por ahí. En eso pasó una pareja paseando a su perro que hablaba buen inglés, y nos invitaron a tomar desayuno y a ducharnos a su casa. Esto es algo que rara vez pasa en Japón, y de hecho Hakito, nuestro anfitrión, vivió fuera mucho tiempo y eso lo hace más abierto. Sea como sea, agradecimos la posibilidad de ya de entrada al país conocer una casa por dentro y probar más comida local. Por si fuera poco, nos quedamos una buena media hora jugando con el cachorro de tres semanas que tenían ahí en la casa.

Primera visita a una casa japonesa.

Ese día, o más bien esa noche, teníamos un compromiso ineludible con la patria. Llegar a ver a algún lado la final de la copa confederaciones entre Chile y Alemania. La mejor opción era la ciudad de Kokura, que como estaba cerquita nos permitiría tomarnos con calma el día.
Seguir los caminos principales en Japón es peor que en otros países. El flujo de vehículos grandes, el exceso de semáforos, y los tramos con vereda en vez de berma lo hace muy incómodo. Pero en cada camino pequeño te puede tocar una sorpresa, nosotros tomamos uno chico que nos hizo subir un cerro a un templo y luego bajar por el primer bosque de bambú de nuestro viaje y luego nos llevó a una ciclovía por la playa hasta la ciudad de Ashiya que justo estaba abriendo su temporada de playas con campeonatos de fútbol y vóley. Nosotros nos fuimos a la playa y nos quedamos ahí hasta que cayó una lluvia de esas tropicales que en 15 minutos lo inunda todo.
Mi plan de ver el partido en un bar y acampar en un parque se estrelló ante la evidencia de que en el centro de la ciudad no íbamos a ser lo suficiente cara de raja para poner la carpa e irnos a otro lado. Terminamos pagando por una noche de alojamiento en hotel y los muy pelotudos tuvieron malo el wifi casi todo el primer tiempo. De hecho, nos perdimos el gol alemán.
Se hizo lo que se pudo muchachos…
Kokura, o Kitakyushu, es una ciudad que queda en el punto más angosto del canal que separa la isla en la cual nos encontrábamos llamada Kyushu, a la isla principal de Japón que se llama Honshu. Es tan angosto que cruzamos pedaleando por un túnel submarino de un kilómetro, y aparecimos justo al frente en la ciudad de Shimonoseki. Ese día, si bien avanzamos hartos kilómetros, lo aprovechamos para hacer turismo culinario (meternos a tres supermercados a ver pura comida) y llegamos a un camping en un parque sólo para nosotros. Nuevamente el cielo decidió caerse cuando recién habíamos instalado la carpa en el lugar designado para el camping, pero el suelo ahí no filtraba nada de agua así que terminamos con carpa y todo flotando a la deriva en una poza. Después de eso no nos quedó otra que movernos con carpa y todo al pastito más lindo de todo el parque.
No sabíamos nosotros que ese día la zona de Tokyo y hacia el norte estaba siendo golpeada por un tifón, que es una tormenta tropical en esteroides. Nos despertamos con toda la ilusión de salir temprano, pero nos llovió fuerte de 6 am hasta las 1 pm. Recién entonces decidimos movernos y pasamos un rato terrible tratando de encontrar un camino para bicis en la costa totalmente industrializada alrededor de la ciudad de Ube. Cuando ya fue suficiente, tomamos un camino más largo y empinado que nos metió de nuevo en unas aldeas preciosas y llegamos, jadeando pero felices, a un nuevo camping para nosotros solos, con baños abiertos y totalmente gratis. Lo mejor de éste en particular fue que tenía abierta la bodega de productos de limpieza. Sacamos una manguera, la conectamos al lavamanos y nos dimos la ducha más rica que se pueden imaginar. Es que jamás pensamos que Japón iba a ser tan húmedo y tropical estando tan lejos del Ecuador, pero hemos vuelto al ciclo de llegar asquerosamente sudados a todos lados y cambiar la ropa de ciclismo día por medio por asco propio.
El día siguiente fue el jueves 5 de Julio, pero al despertarnos era 4 por la tarde en Chile, el cumpleaños de mi mamá (Japón ahora está 13 horas delante de Chile). Salimos del camping con la intención de encontrar el primer café o restaurant con wifi para poder tener una video-llamada. A los 10 kilómetros de viaje se nos cayó el cielo de nuevo, pero ahora con mucha más furia. Nos refugiamos en el techo de un estacionamiento en la entrada a una consulta dental cuando ya estábamos empapados. El pobre dentista y su ayudante nos miraban mientras tenían a un bolas tristes con la boca abierta en la silla y se mataban de la risa. Después de terminar con el paciente nos sacaron unas toallitas para que nos secáramos, pero la lluvia venía de lado por el viento y ni el techo nos ayudaba.
Cuando amainó el agua nos fuimos a un supermercado y logramos finalmente llamar a mi vieja, y hablar además con mi tío y hermano. El camino era de nuevo por la costa, aburrido y transitado. Pasamos una tarde tediosa y bajo la constante amenaza de unas nubes negras que nunca se concretó. Llegamos a la ciudad de Kadamatsu, que tiene un camping en la mitad y gratuito también. Instalamos carpa y dejamos los bolsos y nos fuimos a buscar una lavandería de éstas con máquinas a monedas que se encuentran por todo Japón, para sacar la humedad y poder secar nuestras ropas. Entramos al supermercado del frente con la firme decisión de no tentarnos con nada, pues ya habíamos comprado comida.
Salimos con dos paltas, un paquete de calugas, dos de galletas, una libreta nueva, una brújula y bloqueador solar. Comprare humanum est.
Hay días en que no da lo mismo la distancia recorrida. El jueves 6 teníamos la ciudad de Hiroshima a 90 kilómetros e íbamos a hacerlos en un día. Estaba en el aire. Para no irnos por la carretera nos fuimos por un camino con unos pasos montañosos súper duros, pero que se metían dentro de bosques de pinos y bambúes. A pesar del cansancio y la nube de mosquitos que nos seguía, a pesar de tener que bajarse y empujar la bici por un rato largo, esos caminos no los cambio por nada. Menos si de almuerzo tienes tu primer pan con palta en unos 4 meses. Esa zona está llena de ríos y por ende, de hombres pescando. Acá las tiendas de pesca son como las farmacias en Chile. Una en cada esquina. Lo que nunca hemos visto es alguien efectivamente sacando algo.

Paisaje rural japonés.

La tarde fue terrible. No hallamos un camino decente por el interior que no nos alargase demasiado el viaje, así que tuvimos que ir como caballos de carrera por nuestro angosto carril al lado de los camiones. La ciudad de Hiroshima está franqueada por ciudades satélites, así que los últimos 20 kilómetros fueron además plagados de semáforos. En uno de esos vimos pasar una manada de turistas. A la noche siguiente nos enteramos de que hay un ferry a una de las islas del frente que tiene un monasterio y todo vale el doble. Igual es el tipo de lugares que no visitaríamos ni de haberlo conocido de antemano.
Muchas veces en el viaje tenemos que tomar decisiones forzadas por la presión de encontrar un lugar donde pasar la noche. Podemos estar pasando por un hito importante, o simplemente un lugar precioso, y debemos desestimarlo para que no nos encuentre la noche en el medio de la nada. Eso nos pasó cruzando Hiroshima el día que llegamos. Eran las 6 de la tarde y veíamos a lo lejos el mausoleo de la bomba, se encontraba jugando el equipo de béisbol local Hiroshima carps, y cruzamos el boulevard de la paz, todo eso mientras buscábamos un simple supermercado para comprar comida y llegar al camping más cercano a la ciudad que fuese gratis.
El camping era en un parque que, como no, estaba en la punta de un cerro. Tras trepar hasta allá nos encontramos con la entrada cerrada por la hora, así que sacamos a relucir toda nuestra habilidad para saltar cadenas con las bicis, que ya tiene harta práctica, y nos encontramos con más y más subida.
Todo esfuerzo valió la pena. Nuevamente un camping para nosotros solos, pero éste era en un vallecito de un riachuelo, con mesas y cocinas, y una pequeña cascadita. Todo para nosotros solos insisto. Cuando dije que la ducha con manguera era la mejor mentí. La mejor es lejos la ducha en pelotas debajo de una cascada. En pelotas y en pareja. Después de 93 kilómetros con tres ascensos, dormimos como bebés.
Que Japón es famoso en el mundo entero por ser muy seguro, eso ya lo sabíamos. El tema es cuanto tanto te atreves a ponerlo a prueba estando allá. Ya nos habíamos acostumbrado a dejar las bicis con las alforjas solamente con la rueda encadenada antes de entrar juntos a comprar comida, pero lo que hicimos ese día era una prueba mayor: Dejar la carpa con todas las cosas adentro y salir a recorrer la ciudad. Antes teníamos un candado para cerrar la carpa, pero ahora tenemos dos carpas y el candado se nos olvidó sacarlo de la otra carpa que la mandamos en una encomienda por peso (más huevones), así que quedó todo ahí tirado en el parque donde sólo vimos a un par de viejitos haciendo tareas de mantención.
Lamentablemente nuestra mañana ese día estuvo marcada por los quehaceres. Llevamos la cámara a dos tiendas y ninguna nos la podía arreglar en menos de tres semanas, y sin ser residente en Japón (wtf?). Luego buscamos un café para hablar unos temas pendientes con Chile y armar itinerario. Todo mal rato tuvo su recompensa al almuerzo. Una amiga chilena nos había recomendado el plato famoso local llamado okonomiyaki, pero creo que no le puso el énfasis que tenía que ponerle.
La maravilla esa es como un pastel hecho con panqueques, repollo, dientes de dragón, huevo, fideos, queso y salsas, y te la hacen en una plancha mientras tú lo escuchas friéndose. Googleenlo y busquen la receta.

Okonomiyagi

Por la tarde llovió un poco y fuimos al museo de la bomba atómica, y a visitar el edificio que quedó parado después del 6 de agosto de 1945. La historia es conocida, pero hay varios detalles y testimonios que estremecen. Aun así, el museo la verdad deja gusto a poco. Yo le habría dado más énfasis a la increíble capacidad de la ciudad para mirar hacia adelante y perdonar. Ahora Hiroshima es una ciudad con 1.2 millones de habitantes, moderna y cosmopolita, al grado tal que nos encontramos con un par de restaurantes Steakhouse con la bandera gringa y memorabilia americana como gancho. Es absolutamente impresionante la capacidad de perdón, y la capacidad también de los americanos de vender su cultura a rincones del mundo donde la deberían haber tenido más difícil. Ese mismo restaurant lo vimos también en la ex Saigón, y en el este de Camboya donde los bombarderos gringos no dejaron un árbol de pie hace menos de cincuenta años.

 

Domo de Hiroshima.

A pesar de que dijimos de que volveríamos antes del cierre del parque para evitarnos problemas, nos cayó la noche en la ciudad y llegamos corriendo de vuelta temiendo por nuestras pertenencias. Todo estaba ahí, tal cual lo habíamos dejado. Le recomiendo a cualquier chileno o latino visitar Japón para aprender lo inmensurable del efecto que tiene la honestidad en una comunidad o sociedad.
Bueno, tanto corrimos que fue necesario una segunda ducha bajo la cascada, que terminó unos tres minutos antes de que apareciera un trío de backpackers a pasar la noche ahí. Era una pareja inglesa que pasó el año estudiando en Kyoto, con una amiga de ellos de Suiza. Les compartimos algo de la cena y ellos me dieron un poco de vinito chileno del que habían comprado y conversamos hasta que caímos del cansancio los cinco. ¿Hay algo mejor para el insomnio que viajar? Yo llevo dos años durmiendo bien cuando antes tenía serios problemas pegando la pestaña. Calidad de vida le dicen…
El sábado 8 decidimos tomarlo con calma. El parque en el que nos encontrábamos era demasiado lindo para usarlo sólo de dormitorio, así que salimos a hacer un trekking por la mañana. Llegamos a la cumbre del cerro que regalaba una vista preciosa de la ciudad, y en donde nos encontramos con una parejita de viejos japoneses preparándose para ir a un paseo al monte Fuji. Nos comimos un brunch y nos disponíamos a salir, pero se puso a llover así que decidimos leer y escribir un rato mientras pasaba. Se nos instalaron al lado unos chicos con pinta de curso universitario a hacer un asado y una guerra de agua con bombitas y todo, pero no molestaron mucho. A eso de las 3 de la tarde nos disponíamos a salir cuando sobrevino el desastre. La parrilla de la Cami que venía dañada desde Camboya terminó de ceder más allá de cualquier arreglo posible. La salida de la ciudad tendría que esperar. Fue recién a la cuarta tienda, y tras desandar unos 13 kilómetros de vuelta hacia el oeste que encontramos una parrilla buena. Además, como el marco de la bici tiene un hilo rodado nos demoramos un montón en ponerla. Cuando íbamos saliendo nos dimos cuenta de que estábamos al lado de una tienda especialista en bicis de viaje, así que fuimos a mirar.
Salimos con un sillín nuevo para Cami, y no uno barato. Es de la marca Brooks, especialistas en sillines de cuero que se amoldan a tu sentada y por lo mismo son lo más cómodo para largas distancias. El problema es que el proceso de ablandarlo y amoldarlo a ti toma tiempo, y durante ese tiempo es tan sólo un sillín duro como la madera.
Salimos de la tienda a las 7 pm sin ninguna ilusión de abandonar la ciudad esa noche. Le preguntamos al vendedor si había un lugar cercano donde acampar y nos recomendó un parque a orillas del río.
De pasada nos recomendó una picá para ir a comernos el mejor okonomiyaki de Hiroshima.
Hicimos todo el show de llegar a poner la carpa en la oscuridad, como si alguien nos estuviera vigilando, pero es que en Japón a nadie pareciera importarle que acampes en cualquier lugar. Por la mañana siguiente nos despertamos con un poco de vergüenza, pues había gente mayor corriendo por el parque, pero sólo uno se interesó en nosotros y fue para ir a conversar de tenis con él.
Salimos lo más rápido que pudimos sortear el nudo de carreteras, dejando atrás Hiroshima en dirección al este por la costa. Le metimos con todo para llegar ese mismo día a uno de los puntos altos de un viaje en bicicleta en Japón: el cruce de la isla principal a la isla de Shikoku por el conjunto de puentes que une 6 islas entre las ciudades de Onomichi e Imabari, conocido como Shimanami Kaido.

Hiroshima,

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