Taiwan en bicicleta I: Montañas hacia el este.

¡Qué felicidad llegar a Taiwan!
Después de tener que pasar más de dos semanas en Vietnam esperando una visa para poder salir del país, luego de tener que pagar un costo alto por la visa que no se puede calificar de nada más que soborno, de sacar pasaportes de emergencia que sólo tienen una validez de un año, de no recibir la totalidad de nuestras tarjetas de crédito, Taiwán parecía un nuevo comienzo.

Al llegar al aeropuerto, cuando íbamos cruzando policía Cami entró con su pasaporte Italiano que hasta ahora no había usado. Yo presenté mi pasaporte de emergencia y ¡me mandaron a pagar una visa! No importó que los chilenos no tengamos que pagar, eso es sólo para los pasaportes ordinarios, los de emergencia pagan.  No habíamos ni entrado al país y ya estábamos en -26 dólares con respecto al presupuesto. Afortunadamente pasar de Vietnam a Taiwán es como viajar al futuro. Pasamos de esa indiferencia u hostilidad constante de los vietnamitas a la mayor amabilidad de los Taiwaneses. Además, hasta la señora del aseo en los baños del aeropuerto nos pudo hablar en inglés. Compramos tarjetas SIM para nuestros teléfonos que son con internet ilimitado y nos fuimos a tomar el tren. Esa noche nos iba a recibir un chico de Warmshowers  que pasó un año viajando por Europa en bici con su novia. Eran las 7 de la tarde.

Llegamos a la estación más cercana a su casa y nos pusimos a armar las bicicletas para hacer las pocas cuadras que nos separaban de su casa y de inmediato notamos algo raro, la caja de la bici de la Cami venía abierta. Probablemente fue culpa nuestra porque, por el apuro de llegar al aeropuerto no las embalamos tan cuidadosamente como solemos hacer. Luego vino la tragedia. Su cambiador trasero estaba raro. Honestamente, soy muy mal mecánico de bicis. Por lo general si no es algo que ya he visto no logro ni reconocer el problema, pero en este caso la cosa se veía mal. La gente en Taiwán es simpática y atenta, pero a niveles exagerados. De la fila de taxistas que esperaban afuera de la estación se acercó un chico que al parecer entendía más del asunto y nos trató de ayudar. Sacamos la cadena y jugamos un rato con el cambiador pero no se veía por donde, estábamos botados  en la noche en un país nuevo en un barrio desconocido. Después de salir a las 8:45 am de la casa en Vietnam y andar corriendo y preocupado todo el día, eran las 8:45 PM y ahí estábamos, me  bajó una angustia tremenda, más toda la rabia y pena de lo que nos había pasado el último mes desde el robo y me puse a llorar. Tremenda vista debe haber sido para los Taiwaneses estos latinos con tremendas cajas y bolsas, unas bicis dada vuelta y el huevón llorando más encima.

La Cami trató de tomar las riendas del asunto y junto a otros viejos y un niño que aparecieron seguían tratando de arreglarla a pesar de que yo les decía que no había caso. Lograron cortar la cadena y sacar la unión por lo que perdimos otra hora tan sólo volviendo a dejarla como estaba. Al final la Cami se fue andando en mi bici y yo usando la de ella como un skate, llegamos a puro impulso a la casa de la familia de Tsai.

¿Hay algo más apestoso que esas situaciones cuando por dentro te sientes terrible pero tienes que poner tu mejor cara? En esos casos se necesita algo que te saque de tu estado de mierda y eso fue precisamente lo que recibimos. La casa a la que llegamos no era la de Tsai sino que la de sus padres. La mamá y la hermana hablaban inglés pero le papá no así que se limitó a quedarse en el fondo viendo tele, pero las otras dos fueron unos ángeles. Lo primero que hicieron fue ofrecernos comida porque supusieron que debíamos estar cagados de hambre. Nos debemos haber comido un cerro de dumplings y de fruta, mientras ellas nos miraban y nos preguntaban si todo estaba bien. Como explicarle que no era sólo por la comida que efectivamente, todo estaba bien.
Nos quedamos conversando hasta tarde, y luego nos fuimos a duchar y dormir  con la sensación de que desde aquí todo iba a tirar para arriba.
Al día siguiente Tsai nos llevó a una tienda de bicis que abría a pesar de ser Domingo donde compramos otro pasador trasero. Luego Tsai se despidió porque tenía una reunión y nos dejó con su mamá, que nos había cocinado un almuerzo vegetariano, y junto con su esposo nos llevaron a pasear a el mercado Dominical del barrio antiguo de Daxi.

En cuanto a arquitectura, que era como la principal atracción de esa zona, de verdad no vimos nada tan increíble, pero la comida, la gente, los colores, las decoraciones nos encantaron. Emi, la madre de Tsai, es una anfitriona innata, cosa que nos veía mirando con cara curiosa ella nos la compraba. Al final almorzamos dos veces entre las frutas y postres y masitas que probamos. Algunos eran muy ricos, como un postre en base a tofu suave y bolitas de jalea dulce. Otros bastante malos como unas tiras de tofu duro  con un aliño que asemejaban el sabor del charqui. Por la noche para rematar la estadía nos invitaron a comer Pizza y Jessica, la hija mayor, llegó con té con burbujas de regalo, una de las especialidades Taiwanesas.

 

El lunes en la mañana partimos con esa sensación de estar empezando todo el viaje de nuevo, como si de dejar nuestra casas se tratase. La ruta por la que teníamos que salir de Taoyuan, la ciudad satelite de Taipei en la que estábamos, pasaba de nuevo por Daxi, y a poco andar descubrimos que los cambios de Cami quedaron mal afinados, así que nos metimos al barrio antiguo en busca de una tienda de bicis. El señor que la atendía estaba almorzando pero lo dejó de lado para ponerse a arreglar el cambio. El problema era más grande de lo que supusimos y tuvo que soltar el eje y gastar al menos media hora en eso. Mientras hacía eso compramos un espejo retrovisor y una cámara de repuesto. Cuando fuimos a pagar el señor no nos quiso cobrar el arreglo. Nunca antes me había senti

Papás de Tsai enseñándonos a tomar té

do tan mal porque nos regalaran algo pero no hubo forma de darle ni un dólar sin que se enojase. Al final le regalamos una de nuestras cajitas de leche con plátano la que recibió de buena gana. Se ganaron el mejor review que he dejado en mi vida en Google maps.

De vuelta al pedaleo, la ruta que nos tocaba tomar se veía súper desafiante. Teníamos que atravesar unos  85 kilómetros de montaña para llegar a la costa este y luego comenzar a bajar hacia el sur. Tras almorzar partimos a eso de las tres de la tarde así que sabíamos que ese día no llegaríamos muy lejos. Las primeras impresiones nos hicieron reflexionar acerca del valor de la estética en las ciudades. El Sudeste puede ser muy lindo y barato, pero por la cresta que son feas las ciudades. Por lo general las casas no tienen ningún color, las plazas públicas si es que hay son grises y en especial en Vietnam y Camboya las señaléticas son todas de color gobierno: Letras amarillas sobre fondos rojos  u otras combinaciones de colores y fuentes horribles para escribirlo todo. En cambio acá en Taiwán todo tiene colores lindos, se hace uso y abuso de las caricaturas tipo Animé y nada es dejado al azar. Los carteles de reducir la velocidad tienen un angelito, los de botar la basura a un policía parecido a Gokú, los buses tienen arcoíris y versiones caricaturizadas de edificios destacables como la torre Eiffel o la estatua de la libertad.

Saliendo de la ciudad además te encuentras con unos cerros de un verde tupido y de muchos tonos. Me imagino que si te pierdes en los bosques de Taiwán tendrías que trepar un árbol para poder ver el sol.  La ruta podría haber sido un poco más ancha pero la otra gran diferencia con el sudeste es la actitud cívica de los conductores. Estábamos tan acostumbrados a que nos tocasen la bocina hasta por las dudas , y a ver autos viniendo en sentido contrario, que a pesar de ir subiendo cerros entre camiones íbamos relajados y de buen ánimo.

Lo único que nos preocupaba por ese día era que había amenaza de lluvia, así que decidimos buscar un lugar temprano para instalarnos bien y no sufrir otra desagradable sorpresa con nuestro equipo de camping, que ya llevábamos unos meses sin usar. Tomamos un camino pequeño que iba a una cascada con la intención de acampar por ahí, pero en la salida misma del camino había una estación de policía. Tanto Tsai como nuestros amigos australianos que vinieron acá antes que nosotros nos dijeron que la policía es muy amable y que siempre te pueden dar agua, ya que acá el agua de la llave no es bebestible. Pasamos a la estación para aprovechar de preguntar si la reserva natural en la que se encontraba la cascada permitía acampar o no. Adentro había una pequeña reunión con unas señoras, pero el capitán salió a nuestro encuentro, lamentablemente no hablaba inglés y una de las señoras tuvo que hacerla de traductora aunque tampoco le pegaba mucho. Algo se perdió en la traducción porque un rato después llegó un señor para llevarnos a su hotel. Tuvimos que excusarnos y decir que no era nuestra intención ni podíamos pagar por alojamiento así que le agradecimos, pero dijimos que no. Ahí el capitán entendió lo que estaba pasando y nos ofreció tirar la carpa en el estacionamiento de la estación. Considerando que la lluvia ya se había largado le dijimos que sí. Como aún era temprano, yo decidí dejar los bolsos y subir a ver la cascada, menos mal que paramos a preguntar porque la reserva natural era de verdad un hotel ecológico que se encontraba cerrado.

La policía nos prestó la ducha y mientras estábamos en eso hubo un cambio de turno y llegó otro oficial que sí hablaba un poquito de inglés. Éste nos invitó a comer y nos dieron una de las comidas más ricas que comimos en el último tiempo. Les dimos las gracias por todo y nos fuimos a acostar dejando los celulares cargando adentro. Pasar de desconfiar de todo el mundo a dormir donde los pacos, hizo que durmiera como un bebé. A la mañana siguiente pasamos a despedirnos y partimos a escalar un paso de más de 1.600 metros, pero con las bicis buenas, la guatita llena, mejor clima, y el ánimo por las nubes. Además, si bien la escalada era larga la pendiente era constante y suave, y el paisaje era tan lindo que después de un rato jugando con la cámara me frustré y decidí dedicarme a disfrutar nomás. No hay forma de captar en una foto la belleza de un lugar cuando ésta está hacia todos lados.

Autopista 7 primera parte

Hicimos un alto en un pequeño pueblo de montaña y comimos algo y seguimos trepando hasta aproximadamente las 1 pm, cuando comenzamos a descender. Como estábamos tan alto en unos cerros escarpados ya no había ninguna construcción y recién a las tres pasamos por afuera de un resort de montaña donde podíamos comer algo. Taiwán es primer mundo y cobra como tal. Los platos de almuerzo andaban del orden de los 15 dólares, mal que mal era un hotel de lujo en el medio de las montañas. Para nuestro presupuesto había una tostada con una salsa de chocolate para cada uno y un té y esperar que con eso pudiésemos llevar hasta abajo sin desfallecer del hambre.

El camino de bajada fue uno de los más lindos por los que recuerdo haber estado. Lamentablemente como hacía frío y había llovido un poco el asfalto estaba un poco resbaladizo. Un tramo del camino es una cuchilla de unas 30 curvas cerradas en medio de un bosque de pinos. Precioso, pero peligroso, así que nos tocó bajar con los frenos a fondo y parando cada cierto tiempo para que la Cami estirase las manitos. Al llegar abajo estábamos tan cansados que paramos ahora sí a almorzar en una parada de camioneros y luego nos fuimos a un lugar a buscar donde acampar.

Autopista 7 bajada.

Una de las gracias de Taiwán según la gente que nos los recomendó es que básicamente siempre se puede encontrar un lugar donde acampar gratis. La gente es muy poco intrusa y hay tantos baños públicos que eso nunca es un problema. Para esa noche vimos en un mapa que anda dando vueltas en internet con sitios para acampar, un ex camping pagado que está cerrado y partimos para allá. Si bien el lugar no tenía agua para cocinar, estaba al borde de un río y tenía una pérgola techada perfecta para pasar una noche que prometía lluvia. Armamos carpa y cocinamos, pero cada vez que pasaba un auto yo ensayaba mentalmente el discurso para que no nos echaran.

Nadie paró, nadie nos miró siquiera. Excelente noche.

Al día siguiente decidimos evitar la ciudad de Yilen y mantenernos al sur de ella para salir a la costa. Pasamos por un pueblito agrícola a las afueras de la ciudad y comimos un desayuno típico en la calle que es como una Omellet de huevo con cebollín sobre un panqueque, con una cajita de té con leche de soya. Luego pasamos por un lago que se suponía era súper turístico, pero más que para ir al baño  y sacar unas fotos casi ni paramos.

Por la tarde se puso a hacer mucho calor y agradecimos finalmente llegar a la costa este a la altura del pueblo de Su’ao, un puerto pesquero donde pretendíamos almorzar.

Como no comemos carne ni comida marina, del total de la oferta del lugar terminamos reducidos a unas ensaladas y fideos del seven eleven, que acá como en Tailandia están por todos lados y son baratos, y a unos tomates cherry de una verdulería. Queríamos ir y quedarnos un rato en la playa, pero no te podías bañar por las corrientes y hacía demasiado calor para quedarte al sol. Desde ahí en más el camino nos prometía guerra. Dos subidas de unos 8 kilómetros y unos 680 metros de altitud para llegar al siguiente pueblo con camping gratuito.

Partimos cerro arriba transpirando con el alma por el calor y la humedad, pero disfrutando de las tremendas vistas que teníamos, a la izquierda mar desde las alturas, y por la derecha unos cerros de selva  en los que ocasionalmente se veían unos monos, una belleza de esas que valen la pena el sufrimiento de la subida. Al llegar a la cima el camino tomó la ladera del cerro que caía hacia el mar, así que nos fuimos gozando de unas vistas dramáticas, con unos tremendos acantilados a nuestra izquierda y derecha, como si el camino se lo hubieran cavado a un precipicio.

Camino por la costa este.

Cuando llegamos de nuevo al nivel del mar tras terminar el primer cerro eran las cuatro y media de la tarde, en dos horas oscurecería y el camino que se nos venía se veía todavía más difícil que el anterior. Yo personalmente  me he sentido estos días muy bajo de energía, estoy flaco y creo que tan mala alimentación en el sudeste me pasó al cuenta y ahora lo estoy sintiendo. Decidimos ir a la estación del tren que pasa a través de túneles por todos esos cerros a preguntar si era realista la opción de tomar un tren al próximo pueblo, después de todo, tras el pago de la visa y los arreglos de la bici estábamos sobre nuestro presupuesto.

Sesenta centavos de dólar o 18 dólares taiwaneses. Eso es lo que cuesta el pasaje en tren entre estaciones contiguas, incluso con bicicleta. Compramos los pasajes para dos horas después y casi le doy un beso en la pelada al cajero y nos fuimos a una piscina en el río que había en ese pequeño pueblito llamado Dong’ao. Lamentablemente al pueblo siguiente de Nan’ao llegamos súper de noche, así que todo el trayecto hasta el camping donde íbamos lo hicimos con las linternas y no pudimos ver nada de un área que se adivinaba bonita.

El lugar al que íbamos se llama Nan’ao organic farm y su descripción en el mapa dice literalmente:

“Sin check-in, llega y tira tu carpa donde quieras. Hay baños y duchas”.

Sonaba demasiado bueno para ser cierto pero la descripción calza al pie de la letra. Entramos por un portón abierto a un tremendo camping, bien señalizado con zona para campervans y otras dos zonas para carpas. No nos salió un alma al encuentro y pusimos la carpa al lado de una plataforma de madera cerca de los baños que a pesar de estar en temporada muerta tenían agua.

Nos instalamos y cocinamos tratando de camuflar el fuego de la cocinilla para que nadie nos viera, por si las moscas, y nos íbamos a acostar cuando la Cami fue al baño y vio una serpiente negra de como un metro andando por el pasto. Lo primero que se me vino a la cabeza es que la serpiente de seguro no hace nada, pero que no iba a haber forma de hacerla dormir con la psicosis de tenerla dando vueltas alrededor nuestro. Le ofrecí dormir yo hacia la puerta con la cortaplumas y la linterna a la mano por cualquier cosa y cuando me estaba terminando de acomodar ya se había quedado dormida. ¡Pero que talento más envidiable que tiene! Si se queda dormida hasta del susto.

A la mañana siguiente con toda calma nos fuimos a duchar, pasó un jardinero cerca nuestro y no nos dijo nada, salimos en las bicis dejando todo como lo encontramos ahorrándonos otra noche de alojamiento gracias a la cortesía de alguien que ni conocimos. Desayunamos en otra parada de camioneros y partimos una vez más cerro arriba por la costa. Este cerro era incluso más duro que el del día anterior, aunque quizás también más lindo. El problema es que mientras lo escalábamos salió un viento de esos de la costa que mientras vas bordeando el cerro no los sientes y luego tomas una curva y te pega de frente tan fuerte que no puedes ni mover la bici. Gran parte de la bajada a pesar de tener gran pendiente la tuvimos que hacer pedaleando.

El pueblo al que llegamos se llama Heping y no es más que una desembocadura de un río con una tremenda planta cementera y un puerto y una línea de casas. Estando ahí me sentía agotadísimo. Mi freno delantero además decidió descalibrarse así que tras frenar me quedaba rozando la rueda poniendo más pesado aún el rodar. Cuando íbamos saliendo del pueblo  de cara al viento y con dos cerros más por subir, simplemente me rendí. Le dije a la Cami que nos devolviéramos y una vez más recurrimos al tren. Éste si nos cobró un poco más, 4 dólares y salía en tres horas más así que nos teníamos que quedar a hacer hora en el pueblo feo.

Lo primero fue buscar un lugar para almorzar y encontramos una picada de esas que vas con tu plato y te sirves lo que quieras de un mesón, que terminó siendo el mejor almuerzo que he comido en meses. Después de eso volvimos a la estación y aunque quería escribir me quedé dormido en 5 minutos. No había caído en cuenta que las últimas tres noches en la carpa las había pasado mal, despertándome con cualquier ruido, con calor y rascándome un montón mis nuevas ronchas y picadas. Al final puede ser que sólo por eso anduviese tan pajero.

En la hostal ciclista de Bangkok conocimos a una pareja de Denver, Colorado que al igual que nosotros partieron ahí su viaje por el sudeste tras pedalear casi 5 meses por Europa. Como seguimos en contacto por Facebook sabíamos que se encontraban acá en el parque nacional Taroko Gorge, nuestro próximo destino.  En las estaciones de trenes de Taiwán hay siempre una parada para ciclistas con baños, y cuando salimos del tren nos dirigimos allá solo para encontrar a Robbie y McKenzie en la puerta. Si bien se suponía que nos íbamos a encontrar más arriba en el valle, resultó que ellos también fueron víctimas de un pajerazo y se dieron un día más de descanso. Juntos los cuatro y con comida y agua decidimos buscar una playa para pasar la noche cerca del pueblo. No tuvimos que recorrer ni 5 kilómetros y encontramos un lugar en la playa misma, escondido tras unos árboles y por lo demás precioso. Demasiado fácil Taiwán. Cenamos y conversamos por horas de nuestros respectivos viajes y nos acostamos cerca de las once. Al menos dos horas más tarde que nuestro promedio cuando acampamos.

Ellos partieron más temprano que nosotros a la mañana siguiente pues pensaban cruzar todas las montañas hacia el oeste, así que nos despedimos y nosotros pasamos a desayunar a un seven eleven. Compramos comida para dos días y partimos cerro arriba por el parque.

No me tengo la fe como escritor para comentarles lo maravilloso que es , pero para que se hagan una idea es una garganta o cañón de un río que en sus puntos más dramáticos tiene 500 metros de profundidad. El camino está escarbado en una de las paredes  y es virtualmente imposible meter la pared contraria entera en una foto. Además, por el camino encuentras templos budistas y cascadas. Nuevamente perdimos la batalla contra hacerle justicia al paisaje con la cámara.

Planeamos un día corto para llegar a un campamento que hay en el parque y poder lavar la ropa que de verdad ya no daba más. Llegamos al camping, gratuito, comimos y lavamos y luego caímos como noqueados a la carpa sin importar el calor que hacía adentro. Tantos días seguidos de subir montañas nos pasaron la cuenta.

Hablamos con los chicos que decidieron no atravesar las montañas completas así que fueron ellos quienes nos despertaron al llegar al camping de vuelta de las termas de Weshing. Nuevamente pasamos una tarde  entretenidos conversando mientras les enseñamos a jugar carioca y al mismo tiempo mientras veíamos a la tremenda araña que teníamos arriba nuestro devorándose moscas y polillas en su red.

Hoy es el día después. Yo estoy escribiendo con las tremendas montañas de fondo mientras la Cami duerme.  Taiwán parece habernos devuelto la paz.

 

No olvides revisar las fotos de nuestro viaje  por Taiwan en la sección de fotos!!

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