Tasmania en bicicleta II – Campbell Town a Devonport

La segunda patita de nuestro viaje por Tasmania en bicicleta estuvo marcada por la decisión que tomamos antes de acortar la ruta. El camino que unió Campbell Town con nuestro destino final en Devonport se hizo acaso más aburrido, por ser más desarrollado, pero también nos dio la posibilidad de conectar más con la gente del lugar.

La ruta de este post.

Cuando nos encontrábamos en el parque público descansando en Campbell Town esperando que cayera la noche para armar nuestro campamento (Siempre preferimos en lugares públicos tratar de pasar desapercibidos, muchos lugares no te permiten quedarte en lugares sin baños, no vaya a ser cosa que les cagues el pastito), se nos acerca un señor de unos 65 años en la mejor de las ondas a preguntarnos desde donde veníamos en las bicis. Le dijimos que habíamos partido en Hobart y nos responde:

-“¿Are you from Chile?

Con la Cami nos miramos con cara de “¿Y este huevón como supo?”. Le dijimos que sí y nos dijo que su esposa era Chilena, y que estaba en la Campervan unos metros más allá, y que sería un placer  que los acompañáramos un rato. Así que fuimos…  ya aprendimos hace rato, en España creo, que esas posibilidades siempre llevan a algo bueno.

Paul y Marianne. Él Aussie, ella Chilena viviendo en Australia hace tantos años que el acento en Español parece de extranjero, algo así como Benny el animador Italiano.  43 años casados si no me equivoco, montaron una empresa de importación de vinos Chilenos, y apenas pudieron se dedicaron a cosechar los frutos de los años de trabajo como más vale la pena: viajando. Nos contamos historias cruzadas de viajes por unas 3 horas, nos invitaron a cenar pasta, disculpándose así como si fuera poca cosa (En inglés existe la palabra Apologetic, que me gusta harto porque no tiene una buena traducción al español), sin saber que fue una de las cenas más ricas de toda nuestra pasada por Tasmania!

Lo otro que me gustó de la experiencia aparte de lo rica de la historia de nuestros “anfitriones” fue ver al fin una de esas camper que veíamos tantas en la carretera por dentro, y esa en particular para nuestros estándares era un palacio rodante. Cama Queen con closet, cocina, refrigerador, comedor, ¡BAÑO CON DUCHA!… No tengo ahorros y tengo las media lagunas previsionales, pero creo que ya sé a dónde va a ir a parar mi jubilación…

No es la primera vez que tenemos una experiencia como ésta. Por Europa y Marruecos hay cientos de personas mayores viajando en sus campervans. España parece el patio de recreo de los viejos retirados de países nórdicos. Y lo que más me ha llamado la atención es  que de los que hemos conocido los que mejor lo están pasando son los que durante su vida formaron algo propio, no los que fueron siempre empleados.

 

Viendo estos simples detalles es cómo más se aprende.

Me encantaría que alguien en Chile me hubiese enseñado un poco de cómo es ser viejo en nuestra sociedad. Me encantaría de hecho que de la generación que nos precede hubiese algo más para compartir que cómo hacer plata. Por eso es que nos estamos llenando de estereotípicos Millenials, incapaces de comprometerse con nada ni a mediano plazo, que buscan “pegas con sentido”, sin entender que quizás la pega es el vehículo mediante el cual encontrar sentido en otro ámbito de tu vida.

Quizás la principal razón por la que decidí salir a buscar algo distinto es porque no hubo nunca en mi educación, ni en mis primeros años de desarrollo profesional alguien a quien mirar como un mentor.

De mis profesores universitarios tengo la peor impresión de muchos de ellos. Semi-Dioses en sus oficinas consultoras arreglando todo el mundo desde la academia y dejando la cagada en la práctica. Recuerdo perfectamente a Juan Carlos Muñoz, hoy por hoy el gurú del transporte en Chile (el mismo que acaba de proponer en una columna en La Tercera que el Transantiago sea gratuito) darnos cátedra de cómo el sistema iba a ser el más moderno del mundo inflando el pecho por formar parte del equipo de diseño. En esa charla mi hermano levantó la mano para preguntarle cómo se supone que se meten 7 personas por metro cuadrado (¡Así era el diseño original del sistema! Al menos eso no fue un error), pero no se le pueden pedir peras al olmo, él tenía claro que jamás iba a ser uno de esos usuarios. Él mismo me costó 6 meses de mi vida porque no quiso darme un ramo “porque con más de 60 alumnos por sala se deteriora el aprendizaje”. Por culpa de eso estuve dando el examen de licenciatura cuando me faltaban 3 ramos para poder dar el grado. “Tú tienes que aperrar, el ingeniero UC es aperrado” fue su respuesta con una sonrisa condecendiente. Ahí lo tienen, en una frase el resumen de la filosofía de una escuela que más bien parece fábrica de gerencia irresponsable que justifica y glorifica  el pisotear a los demás, porque de jóvenes ya fueron pisoteados y nadie se murió.

De la genta exitosa económicamente que conocí, con ninguno me puedo identificar. ¿Cuántas conversaciones iguales se puede tener alrededor de cuánto ganas, o cuánto gana el resto antes de aburrirte?  Sobre cuánto va a valer tu empresa y en cuanto más me voy a forrar. Por lo que me tocó ver, infinitas. Nunca escuché a nadie discutiendo que los hacía feliz, cuál era su plan a largo plazo. Si jubilar anticipado, si nunca jubilar, si hacer de su nombre una marca. Cualquier respuesta hubiese sido buena pero por lo menos tener la claridad de cuál es su objetivo.

Nunca nadie me dijo su estrategia entre especializarse o diversificar las habilidades o talentos. Sobre cómo invertir en uno mismo y romper la creencia de que “Hay que tener un MBA”. ¿Qué es eso? 2 años y decenas de miles de dólares invertidos en la misma dirección donde ya invertiste seis años. Nunca escuché por ejemplo de un ingeniero especializándose en psicología o sociología para ser el mejor en LA INTERSECCIÓN  entre ambas disciplinas y no hacer siempre lo mismo. Para qué hablar de filosofía o literatura…
Sobre eso, la generación precedente trae un sesgo tan desagradable para mí. Mi viejo y mis tíos (Nada personal, sólo reflejo de un estilo de crianza) se van a morir sin saber cocinar. No estoy pidiendo un pato en salsa de trufas. Estoy hablando de arroz, de una Lasagna. Y así le debe pasar a muchos. Invertir en uno mismo para mí es aprender de aceptación, de apertura, de gratitud. Saber idiomas, saber de distintas cocinas. Saber sentarse en una mesa y agradarle a quien esté al frente, saber vender y saber venderse. Aprender un poco de todos los oficios. Saber tomar una escoba, saber hacer una muralla, arreglar una lámpara o una radio, ojalá poder arreglar un computador. Poder expresar fluida y convincentemente una idea, saber resumir una idea, saber escribir. Saber defenderse.
Tantas cosas que me faltan para estar completamente satisfecho conmigo mismo, a pesar de estar dedicándole tiempo a algunas de ellas que no se aprenden si le estás dedicando las mejores horas de tu vida a una pura función. Si le dedicas el resto de tu tiempo a un solo pasatiempo, a un solo grupo de amigos.

De conocer gente mayor y de distintos trasfondos, de preguntarles qué hicieron y que habrían hecho si tuvieran mi edad de nuevo. De entender cuáles de sus decisiones los pusieron donde están ahora. De ahí sí se aprende.

Marianne y Paul en Campbell Town

Bueno, después de este agradable break en la rutina volvimos a nuestra carpa, que nunca se había parecido tanto a un ataúd como esa noche. Al día siguiente nosotros salimos más temprano de lo que ellos se despertaron, así que tenemos pendiente un café de desayuno para la próxima vez que nos encontremos.

Hay días en que desearíamos simplemente no haber despertado. Así nos sentíamos el Sábado 28 de Enero del 2017.

A pesar de estar rodeados de árboles, el viento doblaba las telas de la carpa  a las 6:30  de la mañana cuando nos disponíamos a salir.  Tasmania no es un lugar fácil donde orientarse en cuánto a los puntos cardinales, tiene montañas de recorrido desordenado, a veces van de norte a sur, después doblan y cortan la isla de Este a Oeste. Así que cuando salió el sol por el Este como lo suele hacer pude identificar el norte…. “La conchatumadre, hoy vamos contra el viento”.

Y así nomás fue. 11 kilómetros por hora promedio en las primeras dos horas, haciendo el desgaste de subir a Farellones por un camino totalmente plano. Además hacía frío y como que se quería poner a llover, así que íbamos sobre abrigados y transpirando, con bandanas para el viento que hacen que no escuches nada más que el sonido del viento. Días como éstos son los que me hacen envidiar a los carburo-fílicos en sus autos y motos. Llegó el punto que tras almorzar decidimos pasar 2 horas durmiendo al lado del camino en un lugar terriblemente feo y con bichos, esperando que bajara un poco el viento.

 

Atravesamos sin parar más que al supermercado la ciudad de Launceston, la segunda ciudad más grande de la isla, pero que no se veía ni bonita ni lo suficientemente entretenida como para entretener a estas dos almas en pena. Seguimos 10 kilómetros por el borde del río que baña la ciudad cuando ya bajaba el sol y el viento, así que tuvimos unos últimos 6 kilómetros al fin pudiendo disfrutar un poco del pedaleo, hasta que llegamos al camping donde pasamos la noche. 25 dólares, ducha caliente, wifi para hablar con las familias, cocinar y comer en una cocina y sentados en una mesa. Dado lo que pasó durante día valió totalmente la pena.

Río de Launceston

Lo último que hicimos esa noche fue consultar por un camino que debíamos tomar en dos días más, y nadie lo conocía ni lo había hecho. Ni siquiera el recepcionista del camping que ha vivido ahí sus 65 años. Mala señal.

El 29 de Enero fue un día bueno. Bueno salvo por mi bici que decidió empezó a rechinar y me tuvo al menos una hora y media en intervalos de 5 minutos cada cierto tiempo metiéndole herramientas. Pero el día fue bueno.

Partimos por un camino que sigue la orilla del río, por lo tanto es casi plano, y al fin sin mucho viento por primera vez desde que comenzamos en Tasmania. Pasamos un par de pueblos de esos de sólo un par de decenas de personas pero bien bonitos, con sus parques, las casas bien pintadas y donde muchas de las granjas tenían una honesty box; esas cajitas donde pones tus productos en la calle y una alcancía donde pagar y la gente recoge y paga sin necesidad de vigilancia. Decidimos pasar el almuerzo en una playita que tenía unas mesitas y baños, y que rajazo nos pegamos porque era la playa para perros del sector. Había en la entrada un canasto de juguetes para perros y estuvimos entre almuerzo, siesta y viendo a los perros jugar unas 2 horas. Así que salimos a derretirnos de vuelta a la ruta a eso de las 3 cuando más pesado se pone el sol. Nuestro objetivo para el día era pasar por un pueblito que se llama Beauty Point, asi que algo de lindo tenía que tener la cosa. En ese pueblito hay un acuario y zoológico donde se pueden ver ornitorrincos y caballitos de mar de la zona. Yo personalmente como vegano le hice la cruz a los zoológicos, pero la Cami tenía razón en señalar que si no íbamos quizás cuando íbamos a tener la oportunidad de ver a un ornitorrinco de nuevo.

Al final todo el dilema lo resolvió el horario de apertura del parque. Hasta las 4:30 PM y 0% de posibilidades de llegar antes de eso.

En el camino pasamos por un pequeño pueblito que se llama Beaconsfield, que vivía en torno a una mina de oro en la cual hubo un derrumbe que dejó a un par de muertos y a otros rescatados a lo Cápsula Fénix 2 Style, pero que provocaron el cierre de la mina y la lenta muerte del pueblo que ahora trata de sostenerse con visitas turísticas al lugar del accidente y al museo de la fiebre del oro, que alguna vez lo alzó como la segunda población más grande de Tasmania.

Beaconsfield de la cuna a la tumba

Sin zoológico por delante  tiramos un atajo al camping donde queríamos pasar la noche sin pasar por Beauty Point, así que les debo la respuesta a la pregunta sobre si es lindo o no. El camping resultó ser un parche de pasto de lo mejor que vimos en Australia, manejado por un viejo cojo que lo mantiene como si fuera, porque es, el patio de su casa. Cuando le tocamos la puerta nos salió a ladrar un Bull terrier que casi nos hace cagarnos, pero resultó ser un amor que se fue a jugar con nosotros mientras nos estirábamos. Esa noche se jugó la final del abierto de Australia entre Roger Federer y Rafa Nadal, que teníamos muchas ganas de ver. En vez de eso terminamos conversando con vista al pequeño estanque y jugando con el perro. Elegiría lo mismo por sobre la tele una y mil veces.

Nuestro campamento en el Watermill campground

El señor del camping fue el primero que nos pudo decir algo sobre el camino que tomábamos al día siguiente. Y eso sólo porque vivía sobre el nacimiento del mismo. “ Si la autoridad de caminos de Tasmania dice que es un camino difícil (rough), créanle” Así es cómo se le mete miedo a un par de ciclistas. Aún así, con sólo 20 kilómteros hasta donde conectaba con pavimento nuevamente, y con una vuelta de 60 kilómetros para llegar al mismo punto como alternativa, decidimos ir de frente. Total, teníamos toda la mañana, ¿Qué tan difícil puede ser no?

 

Los primeros 8 kilómetros me hicieron creer que sería una jornada memorable. Sí, el camino era de tierra, pero estaba bueno y era lindo pero de esos que te maravillan aunque vayas en auto. Estábamos metidos adentro de un bosque,  con muy poca intervención humana, casi sin autos en la vía y con un montón de pájaros cantando, entre ellos la misteriosa cacatúa negra de cola amarilla(Calyptorhynchus funereus diría Darwin) que habíamos visto un par de veces pero nunca de tan cerca, nunca tan sonora tampoco.

En estos caminos es cuando más salen a relucir nuestras diferencia de estilo de pedaleo con la Cami. Como ella tenía nula experiencia andando por caminos de tierra, básicamente no saca las manos de los frenos, mientras que yo me atengo al principio de que velocidad es estabilidad, así que me toca cada cierto tiempo (2 minutos), parar a esperarla. Lo bueno es que tengo una cámara y frutos secos para entretenerme.

 

Dije 8 kilómetros porque al noveno le pagamos a un muro, casi literalmente. Llegamos al comienzo de una subida que no se veía larga porque en la cima había una curva. A los 20 metros nos tuvimos que bajar a empujar, era imposible seguir. Me imagino que ahí en la primera rampla la pendiente debe haber sido de al menos 17%, eso es lo que motiva que Lance Armstrong y compañía se inyecten huevadas. Después de dar la vuelta en la curva había más subida, y después más. Debe haber sido al menos 1.5 kilómetros de empujar la bici sin poder hacer pie porque las zapatillas resbalaban con la calamina y el ripio. La ropa de abrigo tuvo que volar, sostener la bici en posición vertical se hacía difícil porque la pendiente la empujaba demasiado fuerte y si quería parar por un segundo tenía que frenar ambas ruedas.

Y eso que yo iba bien.

Dos veces a lo largo de la subida tuve que dejar mi bici e ir a ayudar a la Cami que se me quedó cientos de metros más abajo. Yo conozco a mi esposa y sus estados de ánimo y NO estaba muy contenta. Al final nuestro día nubladito y agradable para no pasar calor mutó en la cumbre por estar dentro de una nube con llovizna, lo que mojó la tierra e hizo todavía más resbaloso el camino cuando comenzamos a bajar.

Empujando la bici cerro arriba

Cuando dije que la Cami no sabe andar en tierra eso incluye descenso. A la pobre sus ruedas demasiado falcas para esos caminos (32”) se le doblaban con cada piedra a la que le pegaba y al piso con la bicicleta. Bajamos a unos 7 kilómetros por hora lo que alguien equipado y con experiencia en descenso puede hacer a 70.

A mí me siguió encantando el camino a pesar de todo esto, por los cambios de vegetación a una de montaña, por el pedaleo mismo, pero siendo solidario con mi partner escondí todo atisbo de satisfacción.

Cuando finalmente salimos al pavimento de nuevo se puso a llover y se LLENÓ de moscas. Estoy hablando de 20 por decímetro cuadrado. De una en la nariz y dos en las orejas.  Modo no parar porque nos van a comer vivos, así que decidimos en vez de quedarnos en un camping en un parque nacional sin agua siquiera, en irnos al pueblo más cercano, llamado Port Sorell.

Ese pedaleo fue ingrato, pero corto. Era el mediodía cuando llegamos a instalarnos a un camping de esos con cabañitas donde vive gente. De ahí a Devonport, donde sale el ferry hacia Melbourne habían sólo 20 kilómetros por carretera, así que en la parte aventurera ese fue el fin de nuestro periplo por Tasmania en bicicleta.

La lluvia le da un toque lindo a cualquier camino.

Durante esa tarde y el día siguiente, lavamos ropa, organizamos la estadía en nuestro siguiente destino, vimos mucho sobre el viaje siguiente a Tailandia y coordinamos con los papás de Cami que nos encontrarían allá. Grabamos y aprendimos a usar nuestro nuevo editor de videos haciendo una intro para los videos del blog. Escribí un poco de este post y de otros que están en la cola. En fin, nos limpiamos un poco y nos preparamos para los siguientes meses de viaje. Tiempo que en general no nos damos y que se agradece.

 

Esperamos sinceramente poder seguir enriqueciendo el relato de esta historia que aquí cerró su primer capítulo del libro dos, de vuelta a la ruta después de un año. Partimos al Sudeste, bye bye!

El ferry, the Spirit of Tasmania

 

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